Estados Unidos ha creado una nueva fuerza de trabajo federal dedicada a coordinar su estrategia sobre inteligencia artificial.
Donald Trump anunció el 4 de octubre que el actual director de Inteligencia Nacional, Jay Clayton, dirigirá la denominada Super Intelligence Force, un grupo que reunirá a diferentes organismos del Gobierno para analizar cómo debe responder Estados Unidos al rápido desarrollo de estos sistemas.
El nombre resulta llamativo, pero no es casual.
Días antes, una orden ejecutiva había establecido que la Administración utilizara oficialmente el término “Super Intelligence” en lugar de “Artificial Intelligence” en buena parte de sus comunicaciones. Jurídicamente, la propia orden mantiene inicialmente la definición existente de inteligencia artificial.
Una estrategia que reúne tecnología, economía y seguridad
La nueva fuerza estará liderada por Clayton y contará, entre otros, con responsables de la Federal Trade Commission, el Departamento de Defensa y la Oficina de Gestión de Personal.
El grupo reportará directamente al presidente y a la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles.
Su trabajo incluirá conversaciones con:
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empresas tecnológicas;
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responsables de infraestructuras críticas;
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asociaciones de consumidores;
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organizaciones de interés público;
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grupos religiosos y sociales.
El objetivo declarado es coordinar la respuesta del Gobierno mientras Estados Unidos intenta mantener su liderazgo tecnológico frente a otros países, especialmente China.
La IA deja de ser únicamente una cuestión tecnológica
La creación del grupo refleja un cambio importante.
Durante años, buena parte de la conversación sobre inteligencia artificial se centró en empresas tecnológicas, universidades y laboratorios de investigación.
Ahora aparecen directamente en el debate cuestiones relacionadas con seguridad nacional, infraestructuras críticas, competitividad económica y política industrial.
La nueva fuerza llega además después de que responsables de los principales laboratorios hayan aumentado sus advertencias sobre los riesgos derivados de sistemas cada vez más capaces y autónomos.
Al mismo tiempo, la Administración estadounidense está intentando evitar que una regulación demasiado restrictiva reduzca la velocidad de innovación frente a sus competidores internacionales.
Del debate regulatorio a una estrategia nacional
La iniciativa tampoco aparece de forma aislada.
El 29 de septiembre, la Casa Blanca reunió a representantes de importantes compañías tecnológicas alrededor de un acuerdo voluntario de seguridad, basado en controles internos y evaluaciones externas de los modelos.
Y la propia Administración está impulsando el uso de estos sistemas en ámbitos como ciencia, defensa e infraestructuras.
La IA empieza así a tratarse de forma parecida a otras tecnologías estratégicas: no solamente como un producto que utilizan empresas y consumidores, sino como una capacidad que puede afectar al poder económico y tecnológico de un país.
¿Qué significa esto para las empresas?
Para una organización que utiliza inteligencia artificial en su día a día, la creación de una fuerza federal estadounidense puede parecer algo lejano.
Pero muestra hacia dónde se mueve el entorno.
Los modelos más avanzados estarán cada vez más condicionados por decisiones relacionadas con regulación, seguridad, soberanía tecnológica, acceso a chips, infraestructura y evaluación de riesgos.
Esto puede terminar afectando a qué modelos llegan al mercado, qué capacidades ofrecen, bajo qué condiciones pueden utilizarse y qué controles deberán adoptar las empresas.
Hasta ahora, la carrera de la IA se explicaba muchas veces preguntando:
¿OpenAI, Google o Anthropic tiene el mejor modelo?
La creación de la Super Intelligence Force introduce otra escala.
La pregunta empieza a ser también:
¿qué países conseguirán convertir la inteligencia artificial en una ventaja económica, científica y estratégica?
La IA ya no compite únicamente entre empresas.
Cada vez más, también compite entre Estados.